| Felicidades, Hachi. |
[Jan. 8th, 2008|01:28 am] |
Feliz cumpleaños, Hachi, espero que te guste :)
(18 años no se cumplen todos los días)
A Hachi siempre le han gustado los días fríos. Nunca lo reconocerá porque siempre – y cuando digo siempre es, joder, siempre – tiene que desprender esa naturalidad y espontaneidad que la hacen verse como un sol radiante. Brillante. Cálido. Abrasante. Siempre ha interpretado ese papel y a veces se cuestiona si es lo que realmente es. También le gustan especialmente los días de Enero. Son días nuevos, sin estrenar, son días en que aún recuerdas tus propósitos de comienzo de año, y te crees que los vas a cumplir. Es curioso que a ella, especialmente, se le olviden antes de llegue mayo. Y por eso le vuelven a romper el corazón – no volver a enamorarme tan deprisa – y por eso se pone a dieta en junio – no abusar tanto de los dulces – y por eso pierde su trabajo – centrarme más – y por eso se encuentra con su exnovio – no volver a ir al Jackson – y por eso mil cosas más que hacen que Nana le mire con cara extraña cuando las repite frente al espejo. Pero no importa. Le gustan estos días y eso no se lo va a quitar el escepticismo de su compañera de piso. Realmente, y ahora que se detiene a pensar en ellos mientras espera a que la alarma del horno suene sentada junto a los grandes ventanales del piso 707 se da cuenta, a Hachi le agradan muchas cosas frías: los ojos de Takumi, ponerse abrigos bonitos cuando el aire te corta la piel, la nieve sobre su cara, acurrucarse en la cama por la noche, dibujar formas en la escarcha con los dedos, tomar chocolate caliente… Hachi, a la que nunca quieren bien, y ella quiere demasiado, se percata también de que le gustan sobretodo los contrastes del invierno: le gusta la mano de su compañera de piso, cálida y segura en medio del viento de enero, el aliento de un hombre en su nuca cuando el frío arrecia, o los brazos fuertes envolviéndola. Le gusta llegar de la calle fría de Tokio y que Nana haya puesto la calefacción en el apartamento, y le gusta Nana, que es su opuesta. Le gustan las contradicciones y quizás por eso siempre ha vivido con un interrogante en su espalda. No es que sea inmadura, es que le gusta dejarse llevar. No es que siga enamorada de Nobu, es que también quiere a Takumi. No es que no sepa lo que quiere, es que no sabe a dónde va. Por eso también le gusta especialmente este día de enero: hace un frío helador ahí fuera, e intuye que pronto nevará. Pero también hay un sol resplandeciente que no caliente la ciudad bulliciosa. El sol brilla pero todo está frío. Qué cosa más contradictoria, ¿A que sí? La verdad es que a veces se siente así, intentando iluminar al mundo que se empeña en sumirse en las sombras. Pero también siente atracción por ese mundo delirante de la oscuridad, un mundo que le da miedo, y que sin embargo nota que le va comiendo por minutos. Nunca comprenderá que la luz no suele vencer a la oscuridad. Nunca. Sin embargo ella, perseverante como pocas, sigue dispuesta encender una hoguera en un pozo. Y no parará hasta que lo consiga. Así que ha aprovechado este día que tanto se parece a ella para sacar las primeras chispas.
Como todo el mundo sabe, Hachi adora cocinar. Lo hace porque en sus ratos libres, ejerce de madre y ama de casa de todo el mundo. De todo el mundo, incluso de los que ya tienen madre y ama de casa. Es su verdadera vocación, y le parece insultante que bajo la excusa de estar en el siglo XXI nadie sea capaz de entenderlo, pero no se queja. No de eso porque sabe que tiene las de perder. Tampoco nadie se lo ha recriminado, nunca se quejan de las comidas ricas, de las sabanas limpias y planchadas, de la limpieza deslumbrante de sus casas. Se quejan de su escándalo, de que sea tan llorona, y a veces de su exceso de feminidad. Le echan en cara lo de su corazón maltratado y sus idas y venidas, y vueltas a ir, y vueltas a venir para llamar a las casas ajenas a las tantas de la mañana. Se quejan pero luego les encanta que sea así. Eso ella no lo sabe, pero el resto sí. Durante mucho tiempo intentó buscar algo que, en fin, se le diera medianamente bien, y lo único que obtuvo fue una lista de fracasos que en cualquier otro caso – en un caso en que estuviésemos hablando de una estrella, la luna, o un satélite de Saturno, no de un sol como Hachi – le hubiese hundido en la miseria. Pero ella no se rindió. Buscó y al final aceptó - y es triste este final, mucho más triste que cualquier historia de amor congelado – que para lo único que servía era para cuidar a su familia. Era una mujer machista, su naturaleza lo indicaba así: que sólo valía para cocinar, limpiar y parir. Sólo para eso. Por supuesto no lo había dicho nunca en voz alta. ¿Cómo lo iba a decir siendo consciente de todos los argumentos que pondrían en contra? Siempre esperó que fuera ellos los que se dieran cuenta. Pero su horóscopo dice que eso no entra en su futuro. La mayoría de la gente se ríe de ella cuando dice que cree en el horóscopo, pero es que resulta que es lo único que le queda en lo que creer. No puede creer en hombres, que todos le han traicionado en algún momento. No puede creer – al menos no del todo – en el amor, porque cada vez que se acurruca a llorar en su cama, sabe que algo va a ir mal otra vez. No puede creer en amistad, porque Junko ya no es Junko, ahora es Junko y Kyosuke. Y Nana es Nana y los Blast. Y ella no está en ninguno de esos equipos. Así que está sola una vez más, regalando su amor a personas que no lo saben apreciar. Y no se queja, porque en el fondo ya se ha resignado a perseguir sueños estelares.
Hachi – que en el fondo, no es nada tonta – es plenamente consciente de que es una mujer chapada a la antigua. Es una mujer a la que le gusta cocinar, limpiar y cuidar de los suyos. Una mujer a la que le gusta demasiado los mangas romanticones para adolescentes a los 20 años, una mujer que llora viendo cualquier película de amor, es una mujer que siempre lleva falda y zapatos de tacón, aunque sea para andar por casa, que se pone rulos para dormir, que espera encontrar a su príncipe azul a la vuelta de la esquina. Es una mujer que no quiere triunfar ni cobrar más que los hombres, que quiere esperar a su marido con la comida sobre la mesa y un camisón sexy por la noche en la cama. Es una mujer que no pide nada para ella, a excepción de un suculenta cuenta bancaria. Ya no quiere nada más, porque la vida le ha enseñado que a veces el amor no basta. No es una mujer moderna pero no le importa no serlo. Así que bajo esa premisa no le importa mirar el calendario que hay colgado entre la foto de Nana en un concierto y el marco de la puerta, y sonreír ante todos los días siete rodeado con un círculo rojo. El 7 siempre ha sido un número mágico, y lo sabe aunque no le guste. Porque como buena supersticiosa que es, es consciente de que el 7 trae mal fario. Lo sabe por experiencia propia, al fin y al cabo su nombre (y el de su compañera de piso) significa 7. Y vive en el piso 707. Y hoy es 7 de enero de… dos mil ocho. Y sabe que este es su año. Tiene que serlo, porque sino se va a morir de un momento a otro como las cosas le sigan saliendo mal. ¡El Gran Rey no la va a odiar siempre! En el fondo Hachi piensa que siendo buena madre como será, el Rey Demonio se apiadará de ella y no le hará daño en el futuro. Que le dará esa estabilidad y los caprichos que busca. Será feliz, se dice, siendo una maruja enganchada a una telenovela. No pedirá más que seguridad y que la mientan – como siempre – diciéndole que la quieren. A veces se odia por ser tan egoísta.
Con cuidado de no quemarse saca el pastel del horno. Sonríe ante el círculo perfecto que describe en la bandeja. Todo es perfecto : el tono que ha tomado el chocolate, la madurez de las frambuesas, los botones de cacao que esparce por la superficie, el color de la nata con la que dibuja formas y escribe bien grande: ¡Feliz día 7! Mientras se mancha la punta de la nariz con un poco de azúcar glass. Parece, en esos momentos, que su mundo no está a punto de venirse abajo y ella no va a destrozar su corazón, ni Takumi destrozará su vida, ni Nobu se quedará solo, ni Nana desparecerá de su vida. Es un momento único, y casi final, y aunque no sabe de las catástrofes del futuro intuye que es especial. Y se siente estúpidamente feliz por eso. Qué cosa más tonta. Tiene mano para la cocina y lo sabe. Como nunca le ha salido nada especialmente bien, se siente genial haciendo esto. Calculando las cantidades justas – 500 gr. de chocolate, 1 kg. de harina… - , bañando el pastel, - que no queda nada sin cubrir - metiéndolo en el horno, - 200 grados - y entonces, 14 minutos a la nevera, - ni uno más, ni uno menos, recuerda - luego presentarlo bonito sobre una bandeja plateada, y esperar tranquilamente a que llegue Nana, aunque no tiene muchas esperanzas de que venga. Últimamente anda demasiado perdida. Y aunque Hachi quiere pensar que anda perdida con Ren, sabe que no es cierto. Que Nana está perdida en ella misma desde hace demasiado tiempo. Sin embargo esta vez sí que viene, antes de tiempo incluso. Va con la falda corta vaquera y su inseparable chupa de cuero. Entra fumando, como siempre, y le sonríe desde el quicio de la puerta. Hachi, que ya conoce la jugada, sabe lo que viene ahora, el falsete grave para imitar la voz de un hombre, la pose de macho con andares que tienen que resultar incómodos para cualquier persona normal y un beso en la mejilla. “Ya estoy en casa, cariño”. Luego sonreirá y mientras se cambia de ropa para ponerse la camisola blanca desgastada preguntará que has hecho hoy de comer, Hachi. Y ella, que ha pasado toda la mañana sola, pensando demasiado en sí misma, informará rápida y servicial. Contenta y alegre de tener a alguien a quien querer.
Cuando se repite una vez más la escena han pasado los catorce minutos de rigor y lo saca fuera de la nevera. Vigila que Nana no salga de pronto del baño y descubra la sorpresa. Porque es una sorpresa, por supuesto. Sabe que a Nana nunca la quisieron como se merecía y se ve obligada a cuidar de ella. Quiere quererla y mimarla como si fuera (que es) una niña abandonada en medio de la guerra. Llenar ese vacío.
- Oye, ¿Hachi que es lo que huele tan bien?
La voz de Nana se oye ahogada tras al puerta de baño y Hachi ríe, bajito pero seguro, sabiendo de antemano que esa iba ser la pregunta.
- ¡Es una sorpresa!
No tarda ni dos minutos más en salir del baño, guiándose más por el olfato que por la vista. Aún lleva el pelo mojado y un albornoz alrededor de su cuerpo y Hachi no puede hacer otra cosa más que admirar su belleza. Está guapa así, sin maquillar, chorreando y empapando el suelo que luego van a tener que limpiar, brilla con el pelo húmedo pegándose a su cara, y sabe que esa sonrisa tan pura y tan limpia, sin reflejos de un dolor que el pasado se encargó de cincelar en su alma, está reservada únicamente para ella. Para la Hachi llena de harina, con el mandil arrugado y un par de mechones rebeldes que se han empañado en hacerle cosquillas en la punta de la nariz. Hachi también sonríe y le indica con un gesto vago de la mano, como restándole importancia, el pastel que ahora ha adornado con un par hojas de hierbabuena. Y Nana, que a veces piensa con el estómago, se acerca con cautela, secándose el cabello con una toalla y mirando con curiosidad la tarta.
- ¿Feliz día Nana?
Las carcajadas de Hachi se oyen por todo el edificio y se tapa la boca, no vayan a intentar echarlas otra vez por escandalosas.
- Feliz día 7, Nana. Feliz día 7. - Ah.
Aunque Nana no lo entienda del todo, por eso de que en el fondo ella, como todos los BLAST, han tenido una vida rota y sesgada hasta el final de su adolescencia, Hachi sabe que eso es que le gusta. Ha aprendido a descifrar monosílabos y a entender las emociones a través del tic en las cejas.
- Y además – habla mientras se acerca al fogón y prepara dos tazas de chocolate caliente y coge un cuchillo del cajón – seguro que hay alguien el mundo que hoy día 7 de enero de 2008 cumple años. ¡Vamos a celebrar el cumpleaños de ese desconocido! - ¿Y si es un asesino? - ¡Seguro que es una persona estupenda, Nana! ¡Ha nacido un día 7! ¡El primer 7 del año! Seguro que es una persona…adorable. Una chica. Europea, porque los europeos son gente cool. Una chica… ¡inteligente! ¡y guapa! ¡una chica increíble, Nana! Una chica que cree en las hadas y..
Nana no puede hacer otra cosa más que sonreír mientras se sienta enfrente de Hachi que sigue hablando de la chica maravillosa. Le recuerda a ese primer momento en que se conocieron en el tren: la sonrisa franca, sincera, el mundo a sus pies en ese entonces. Y quiere pensar que este año les está dando una nueva oportunidad para remendar los errores. Aún así prefiere mostrarse fría, antes de que a su amiga le de por fantasear y se lo contagie a ella.
- Me da que has visto demasiadas películas. - Tonterías – dice y levanta la taza de porcelana barata sin dejar de sonreír – seguro que hay alguien así. - Entonces brindemos por el cumpleaños de un desconocido.
Sigue haciendo frío y sol tras los cristales del apartamento, en donde dos Nanas toman su séptima porción de pastel celebrando el cumpleaños de alguien cuyo cumpleaños es el día 7 de enero de 2008.
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