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Mermelada de cerezas [entries|archive|friends|userinfo]
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Adieu [Feb. 24th, 2008|11:15 pm]
Es hora de decir adiós- de recoger las nubes y empaquetar el sol.
Es hora de decir(te) adiós - de olvidar y empezar, en otro lugar, en otro tiempo, de otra manera.
Me he cansado. Ya. Puntofinallímite. Ya no es cuestión de luchar para sonreír - que eso está superado, finalmente. Sino de sonreír para luchar - porque una se cansa de luchar cuando no hay esperanza, ni objetivo, ni nada.
Es hora de decir adiós - porque ya no (me) hago falta. No demasiada. No encuentro motivos para escribir aquí - o quizás demasiados, pero ni siquiera sé por dónde empezar.
Es curioso, pero ya no soy yo. Soy un algo indefinido. Y antes de caer en la autocompasión, en el victimimso, en los silencios, en el nadie me comprende y nadie me quiere prefiero dejar esto.


Para siempre.


Y empezar de nuevo donde no estén los recuerdos - dónde no este él, ni ella; dónde no haya años que pesan tanto que te hunden - que es imposible no soñar con el pasado.


Y gracias por leerme durante -¿cuánto tiempo? 3 años. Madre mía. - y comentarme, y aguantarme. Hasta el final de la historia.





Adieu.
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Nuestra historia [Feb. 20th, 2008|06:52 pm]
[La Casa de los Cerezos está en |Portillo, SPAIN]
[La Cereza está |groggyenferma]
[Lo que suena es |Cocaine Girl]

Hay días en que no pudeo evitar acordarme de ella. Ella, que es como un fantasma en mi memoría. Los años pasan, y la distancia que nos separa se ha ido agrandando, como un hojal deshilachado. Pero está ahí, no se ha ido, es una sombra constante. Y en los días de fiebre como el de hoy, cuando me arde la garganta y me cuesta respirar - la verdadera razón para no hundirme en la cama es, al fin y al cabo, un examen, la misma por la que muchos se quedarían en mi lugar - me pregunto si ella, (siempre ella. Joder) en sus delirios de marihuana, alcohol y sexo sintió la misma desesperación que yo cuando cierro los ojos y veo formas geométricas formándose en la oscurdidad de los párpados. Pero nunca lo sabré.
La nuestra es una historia de amistad malograda, la del nada es imposible si estamos juntas divido entre nosotras mismas. A pesar de ello esto ella nunca lo sabrá. O a lo mejor ya lo sabe pero no lo escribe. Yo me juré no volver a redactar una palabra dedicada a su persona, pero es difícil. Hace dos años yo lloraba porque entre nosotras se había instalado el vacío del olvido. El olvido del vacío. A veces, cuando nos llamábamos por teléfono entre conexiones cada vez más esporádicas, ella me preguntaba el porqué de mis silencios largos. Yo le respondía, intentando cambiar el tono por uno más calmado, más sencillo y alegre, más yo de algún modo, que era la crisis de la página en blanco del escritor: tantas cosas que contar y sin saber por dónde empezar. Así que empezaba a hablar ella, sobre su nueva vida - que se alejaba tanto de la mía, que me hacía retroceder en cuanto intentaba cruzar el abismo. A lo mejor cambié yo /(posiblemente) y no me quise dar cuenta. Quizás de haberle comentado lo de la brecha podríamos haberla cerrado en algún momento, desde ambos lados.


Pero la nuestra es una historia de versos escritos con tinta Invisible.


Yo se lo decía entre líneas, y ella nunca se molestó en descifrar mis mensajes. Éramos dos ciegas con alfabetos braille en diferentes idiomas. Qué tontería la nuestra. Nunca supimos llevar a cabo la terapia que nos habíamos impuesto para cicatrizar viejas heridas de adolescencia. Al final terminamos nuestra cura milagrosa de maneras diferentes. Y si me preguntaís, creo que mi tratamiento fue más sano que el de ella. Quizás menos vivo, más tranquilo, pausado y doloroso. Pero mejor a la larga. Porque al final ella y yo no éramos tan iguales como el mundo nos quiso ver y cada una no defendíamos del mundo a su manera.


Ella encontró su consuelo en el desenfreno. Un consuelo que poco a poco la llevó a la autodestrucción, un desenfreno que se paró en la colisión. Justo antes de caer por el puente.

Yo lo encontré en las palabras, en las poesías, en los cantanes de pop, y en la ropa de colores. Lo encontré en los viajes en tren.


La nuestra es una historia que hablaba de ídolos suicidas del rock, que expulsaba heroína e historias de grandeza que no nos correspondían. La nuestra es una tragicomedia sin amantes despechados ni besos bajo el balcón. La nuestra nos una historia prohibida por nadie más que por la salud mental. La nuestra es lo único que nos queda de nosotras.


Me pregunto, si se habrá dado cuenta.
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París II [Feb. 16th, 2008|07:52 pm]
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[La Casa de los Cerezos está en |Quiero volver a París]
[La Cereza está |coldgriposa]

Camina con una tranquilidad pasmosa por los puentes de parís. El aire es frío y corta la cara y sabe que sus labios lo van a lamentar pronto, en cuanto vuelva a casa (qué lejos está casa, y qué bien se está así) Pero serán grietas resecas de haber caminado como Amelie durante unos minutos. Grietas que merecerán la pena, porque son la resaca de haber bebido demasiados sueños.

Se está bien cruzando el sea, hay un sol inusual en el febrero de París, y un cielo azul que se refleja en la cupula de Les Invalides. Es un azul brillante, un azul de pinturas alpino, de apretar fuerte y no dejar rallas. Azul, como los días de verano cuando estábamos juntos. Todo es perfecto mientras va caminando sola, unos metros por delante de toda esa masa inútil que son sus compañeros. Pero en el fondo, les quiere y le sacan una risa, aunque sea a presión. A su lado, la profesora le sonríe, porque no ve a su alumna de pronunciación vacilante y buena base gramatical, si no a la chica  fue la guía en el Louvre, y la líder en el metro. La que quiere triunfar en la vida y recorrer mundo, y no quedasre en el pueblo, esperando un milagro. Has nacido para ser parisina, le ha dicho en cuanto se ha probado la boina frente al espejo del museo, toda una chica moderna.
Espera a que el semáforo se ponga en verde en medio de un marabnta degente que camina con ese deje de indifernecia que tiene las personas de ciudad. Ella siempre ha isdo así, demasiado metida en su mundo como para percatarse del de otras personas. Pero nació en en el lugar equivocado, eso está claro.
Ya ha abandonado La Cité para pasearse por los quai del sena - y hace fotos despreocupados a los viandantes que pasean por las orillas artificiales del río (la chica del gorro rojo, el chico del libro. el hombre agotado y anciano que contempla el agua  rascándose la cabeza)  - para después pasar por el Hotel de Ville (y es tan grande, tan bonito, que siente las respiraciones que se paran tras ellas. Mudas de admiración, y da gracias de que por fin sean conscientes de lo grandioso de París. Y también siente a Héctor, que llega a su altura y se apoya en la pared, con una aire que pretende ser casual. Y ella, que no es tonta y que sabe que quiere hablar, le pregunta - suave, bajito, porque aunque el tenga los auriculares puestos sabe que la va a escuchar - ¿te está gustando? "Sí, es muy bonito". - y no sigue hablando (pero el "porqué lo hiciste" le baila en los labios durante unos instantes) y es que ya no tiene ninguna finalidad buscar su aprobación. Ni su reconocimento. No le quiere, no le necesita, ni a él ni a su sonrisa. Ella es valiente y mientras continúa dirigiendo el grupo, aprende que cada paso suyo que tanto cuesta dar y no rendirse, no tiene el mismo valor que los quince mil que darán sus compañeros.
Ellos no saben, no comprenden, no quieren hacerlo, y ella se cansa de explicar a oídos que no quieren escuchar.

Cada uno en su sitio.


Eso, al principio, le cuesta de entender.

Pero al final lo entiende. Esta vez no camina, sino que está sentada en a la pequeña elevación que hay frente al centro Pompidou. Está sola, porque ella, valiente tonta, ha preferido quedarse comiendo un crêpe en la plaza Beaubourg (tan colorida, ta llena de vida que regala sonrisas en cada chorro de agua) antes que ir hasta un McDonals para ponerse hasta arriba de grasas y colesterol.
Y aunque aún le tiemblan las manos porque parece que nada va a salir bien en ese viaje. Winter just wasn't my season. Pero es de repente, cuando ahí sentada, no puede eviatr sonreír. Suena Wonderwall de Oasis a unos 5 metros de ella Gira la cabeza, y suspira fuerte para que no noten su nerviosismo y descubre a unos mexicanos que tocan bien la guitarra y no saben qué otra música cantar. Tararean sin sentido, sin letra y mala pronunciación. Pero ella reconoce la melodía.
Sigue haciendo sol en ese febrero insual parisino, ella  que quiere ser Amelie, y escribe apresudaramente en su cuaderno de notas (se titula bruits de mots y le encanta porque ese nombre le va al pelo) se siente contenta ante la música en la plaza llena gente.

Son las cuatro de la tarde y en el moemnto en que tira un euro a la gorra desgastada del mejicano de ojos oscuros y bigote estrecho tiene la sensación de que todo saldrá bien. Todo.


De algún modo.



Qué tranquila se encuentras después de París.




ya no está asustada.





Au revoir.




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Metorito. [Feb. 4th, 2008|12:12 pm]
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[La Cereza está |bitchybitchy]
[Lo que suena es |If i Had Eyes - Jack Johnson.]

Meteorito. Un estruendo y el metorito.

Es absurdo, pero yo tenía mi vida ordenada desde finales de enero. Partiendo desde la premisa de que enero iba a ser muy bueno, había calculado los parámetros de tal modo que mi vida no iba a ser tan mala en 2008. Fui tan estúpida de no tener en cuenta márgenes de error, ni en pensar que mi falta de suerte iba a volver estar presente. Fui tan estúpida de querer calcular lo incalculable.

Una línea recta trazada desde el universo. La atmósfera que arde, el metorito que cae, el estruendo. Y los cuerpos mutilados.

Cuando el día 8 empecé en clase, yo que me había cincelado al sonrisa en navidad, decidi mantenerla ante todas las embestidas. Tampoco había contado con las heridas que se puede hacer uno mismo. Y los primeros quince días de enero fueron un suicidio emocional. Un mes sin sonrisas y luego decepción, y luego desengaño.

Pero yo no quise mirar al cielo y no vi el meteorito.

Al final, recuperé la sonrisa arrebatada. Era el día 20, más o menos, y volví a respirar tranquila. Mentiría si dijera que mi mundo de atrapasueños enclaustrados no se habçia visto afectado. Mentiría, la verdad, sino dijera que me había uvelto un poquito más desconfiada -pero bueno, eso es como siempre- pero esta vez tampoco estaba del todo asustada.

Hasta que miré al cielo y observé la estela que lo cruzaba. No me dio tiempo a apartarme.

Fue el día 29 de enero, clase número cuatro del día (Robert y sus ojos azules ya no me hablan, y me pregunto si en el fondo tendré yo la culpa) cuando me di cuenta de que la catástrofe se avecinaba. Sólo me limité a hacer lo que yo creo correcto. Pero lo correcto ya no está bien, y yo de repente estaba sola como hace unos años, en medio de una multitud que yo no quería.

Y al día sigiiuente, irónico día de la Paz, el meteorito hizo colisión.

Esta vez, fue en historia. Y mientras a mí se me caían los lágrimones - que eran de rabia, y hacía años que no lloraba de rabia, tantos como los que no lloraba delante de otras personas, (como veis, me paso el día rompiendo reglas), - yo oía la risa del resto de la clase y poco a mí me costaba más respirar.
- Irene - me dijeron despues cuatro chicas - perdón. Y me ofrecieron un pañuelo y luego yo me refugié en el baño vacío.
Durante ese día, depsués de una crisis de ansiedad, y de una furia que me estaba hirviendo en las venas, me recompuse. Volví con buena cara, sonriente, porque no me iban a amargar la vida. Ellos no. Ellos no.

Sobreviví a un meteorito, Fui más fuerte que un dinosaurio.




Y en tres días: Voilá, París.








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Reglas [Jan. 25th, 2008|09:33 pm]
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[La Cereza está |coldaaa]

Hay una serie de reglas en mi vida. Reglas que sigo silenciosamente y que tiendo a no comentar nunca. Hasta hoy.

La primera regla es aguantar hasta el límite. Y cuando digo límite es límite: correr en educación física hasta que vuelves a notar como desciende la tensión en tu organismo hte amreas otra vez, te pones  blanca y mientras estiras te agarras a la espaldera - como si te fuera la vida en ello- estudiar hasta no poder más, soportar los insultos y los desprecios, no quejarte, no rechistar y al final - y sólo al final - rendirte porque si pasas el límite, lo has pasado y no hay vuelta atrás. Estás en un punto en que te has quedado encallado en tu propia flexibilidad. Y el otro día no aguanté mas, ya no, dejé de agunatr entre la mirada de rencor de mi familia, entre la tenisón y los botes de pastillas.


La segunda regla es que nadie sepa cuando he traspasado el límite. Esta regla normalmente termina por no cumplirse. Pero es mucho más sencillo - sencillo, simple, fácil - decirle a alguien que estás bien y que no te preocupes. No hablar nada durante un tiempo y llorar justo cuando te vas a dormir - que has estado estudiadno hasta las 12, que ya no comes casi, que te despiertas sistemáticamente en cada hora de la madrugada - y eso es algo que nadie debe notar. Nadie. Ni ahora ni nunca. No quiero intrusos, personas que no saben, que no ven, que no entienden. Que no quiero que comprendan porque no me hace falta su apoyo. No el de perfectos desconocidos, al menos.


La tercera (y final) es que nunca lloro delante de otras personas. Nunca. Arrastro todo mi tristeza hacia el interior, aunque este apunto de cruzar la línea de aguante, y sonrío en cada paso que doy. Porque me exijo a mi misma un nivel de fortaleza frente al resto del mundo que nunca es del todo cierta. Si conservo mi entereza es porque así soy mejor cada día, y soy mejor cada día por ellos, porque ellos cada día son mejores para mí. Y jamás me perdonaría decepcionarlos.


Estas reglas están grabazas en mi cabeza, junto a las reglas de analizar oraciones en latín y ser amable con los que me rodean, y otras muchas que no quiero recordar pero que recuerdo de todas formas y las sigo al pie de la letra, porque esa es la clase de chica que soy: una que acata las normas, que no le gusta salirse de las pautas marcadas porque sino me pierdo, y si me pierdo me desespero y si me desespero traspaso el líimte, y hemos quedado en que a mí no me gusta traspasar el límite.

Hay gente que no se impone reglas y termina desquiciándose.

Gente que termina intentando suicidarse con sus hijos gritando al otro lado de la puerta del baño. Gente que hace daño en nombre del amor. Gente por la que yo hago excepciones, porque todas reglas las tienen y a veces hay que ser flexible con toda esa gente sin directrices y a la que tú quieres. Esa es otra regla, por supuesto. Ayudarles hasta que lloren sobre tu hombro y dejen de desangrase por dentro, hasta que consigas hacerles reír. Ayudarles y todas esas cosas que haces porque ya lo he dicho, esa es la clase de chica que yo soy.


De algún modo... eso también es una regla .

 
 
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Y si decido no ir... [Jan. 10th, 2008|11:38 pm]
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[Lo que suena es |Swans - unkle bob]

Hacía tiempo que no lo hacía, lo de dejarme llevar por la rutina, por las horas de estudio - ¿estudio ¡¿ESTUDIO?! ¡Pero si acabamos de empezar el trimestrre! ,- por el ya da igual y el no hay nada que hacer. Lo de luchar por algo ya se me pasó. En fin, no es que me haya rendido, pero no buscaré la respuesta entre la gente. Ni siquiera buscaré la respuesta en mí misma. Qué cansada estoy ahora mismo. Cuáno me pesa todo. Todo. Pero no es nuevo. Es decir, ya conozco el sistema: primero es aceptación. El vale y el qué se le va a hacer. El lo superaré, sobreviviré y volveré a mi vida normal. Luego va la molestia, el leve dolor punzante. Sabes lo que viene después. Lo sabes tú, y lo sabe tu cuerpo y te preparas, y casi das más miedo esos momentos previos que lo que viene después. Porque entonces llega el plomo. Es un plomo sobre ti, que pesa en todas partes, un plomo que pesa pero que no te hunde, y casi lo prefieres, eso de que te hunda, porque luego sales a al superficie con energía renovada, pero así... así sólo te quedas foltando. Esperando y malgastando energías. Y al final es tu abuela, con esos ojos que tú quieres y odias al mismo tiempo - por todas esas decepciones familiares, por todos esos desprecios, por el cariño que ya no es tuyo, que nunca lo fue - quien te ve un día en su sofá - es la mañana de reyes y tomas chocolate, pero ni siquiera el chocolate es capaz de alegrarte, y te preguntas porqué, y qué coños, no quiero oír la respuesta. Nono. No quiero. - escuchando No ir , pero ella, al fin y al cabo, no sabe que esa canción hace daño (y si decido no ir no te enfades más, prefiero esperar por si no sale bien, por si nos sale mal) . Ni sabe que ayer te encontrate con ellas, que son mi pasado, y  las saludé, pero Mónica ahora es pija y viste shorts con medias y bailarinas en enero, y Cristina ahora es rapera y eso no me extraña tanto, pero duele, de algún modo, que ellas sigan siendo amigas, que ellas se sigan queriendo a pesar del tiempo y las diferencias, y que mí ni la una ni la otra me reconocieran. Incluso cuando ya sin disimulo me quedo parada un rato en la esquina, observándolas, riendo sentadas en un banco. Y me pregunto si realmente soy tan fácil de olvidar. Tu abuela no sabe de ess, ni de tu repentino odio hacia el género masculino - idiotas que no saben querernos, que prefieren el escote, a la cultura, la falda corta a la inteligencia, idiotas, y tontos, joder- y ella, que siempre quiso tener una hija, dice un frase que sé que lleva aguardando en su garganta desde hace demasiados años.

- Si miras así por la calle - y la siento detrás, parada quitando las últimas figuras del belén - va a parecer que tienes el corazón roto, coña.

Y supongo que esperaba que me diera la vuelta y le hablase de algún cabrón que me partió el alma, y que se fue con mi mejor amiga para después volverme a pedir desesperadamente que le quisiera, pero sólo era una treta para hacerme sufrir y...

- Nadie me ha partido el corazón, tranquila. - al menos no últimamente.

Así que ahí, sí cariño, justamente ahí, sonrío porque es la pausa dramática que siempre he deseado hacer. Pero no he mentido. No he interepretado un papel. He dicho la verdad: nadie me ha partido el corazón. Sólo lo han desteñido. Ya no es rojo, sino de un color rosa palo, muy seco, muy pobre, muy muerto. Lo han lavado y ahora... ahora toca pintarlo. Otra vez. Y creo que ahí radica mi error. Siempre creí que los corazones debían pintarse de rojo. Porque rojo es amor. ¿o no? Pero me equivoqué, porque a lo mejor... a lo mejor no hace falta que sea rojo. Puede ser azul. O verde. Amarillo o naranja o morado. Qué más da. Los corazones no tienen porqué ser rojos, no tienen porqué curarse con tiritas y superglue, puede que valga con saliva, como cuando éramos pequeños y tu madre veía espantada como te empeñabas en lamer los cromos y pegarlos en el sofá. ¿Tú te acuerdas de eso? Yo últimamente me acuerdo mucho. Muchisimo. Creo que es porque me pongo a pescar recuerdos de esos de familia feliz. Cuando estábamos los 15. Cuando mi prima no me odiba. Cuando mi primo no se enamoraba. Cuando nos apoyábamos, como una piña. A veces quiero ser Peter Pan. Y volver a tener 8 años siempre, cuando mi famlia me quería, Cristina y Mónica me reconocían, y yo no pensaba en cómo arreglar corazones rotos.



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Felicidades, Hachi. [Jan. 8th, 2008|01:28 am]
Feliz cumpleaños, Hachi, espero que te guste :)


(18 años no se cumplen todos los días)


A Hachi siempre le han gustado los días fríos. Nunca lo reconocerá porque siempre – y cuando digo siempre es, joder, siempre – tiene que desprender esa naturalidad y espontaneidad que la hacen verse como un sol radiante. Brillante. Cálido. Abrasante. Siempre ha interpretado ese papel y a veces se cuestiona si es lo que realmente es. También le gustan especialmente los días de Enero. Son días nuevos, sin estrenar, son días en que aún recuerdas tus propósitos de comienzo de año, y te crees que los vas a cumplir. Es curioso que a ella, especialmente, se le olviden antes de llegue mayo. Y por eso le vuelven a romper el corazón – no volver a enamorarme tan deprisa – y por eso se pone a dieta en junio – no abusar tanto de los dulces – y por eso pierde su trabajo – centrarme más – y por eso se encuentra con su exnovio – no volver a ir al Jackson – y por eso mil cosas más que hacen que Nana le mire con cara extraña cuando las repite frente al espejo. Pero no importa. Le gustan estos días y eso no se lo va a quitar el escepticismo de su compañera de piso.
Realmente, y ahora que se detiene a pensar en ellos mientras espera a que la alarma del horno suene sentada junto a los grandes ventanales del piso 707 se da cuenta, a Hachi le agradan muchas cosas frías: los ojos de Takumi, ponerse abrigos bonitos cuando el aire te corta la piel, la nieve sobre su cara, acurrucarse en la cama por la noche, dibujar formas en la escarcha con los dedos, tomar chocolate caliente… Hachi, a la que nunca quieren bien, y ella quiere demasiado, se percata también de que le gustan sobretodo los contrastes del invierno: le gusta la mano de su  compañera de piso, cálida y segura en medio del viento de enero, el aliento de un hombre en su nuca cuando el frío arrecia, o los brazos fuertes envolviéndola. Le gusta llegar de la calle fría de Tokio y que Nana haya puesto la calefacción en el apartamento, y le gusta Nana, que es su opuesta. Le gustan las contradicciones y quizás por eso siempre ha vivido con un interrogante en su espalda. No es que sea inmadura, es que le gusta dejarse llevar. No es que siga enamorada de Nobu, es que también quiere a Takumi. No es que no sepa lo que quiere, es que no sabe a dónde va. Por eso también le gusta especialmente este día de enero: hace un frío helador ahí fuera, e intuye que pronto nevará. Pero también hay un sol resplandeciente que no caliente la ciudad bulliciosa. El sol brilla pero todo está frío. Qué cosa más contradictoria, ¿A que sí? La verdad es que a veces se siente así, intentando iluminar al mundo que se empeña en sumirse en las sombras. Pero también siente atracción por ese mundo delirante de la oscuridad, un mundo que le da miedo, y que sin embargo nota que le va comiendo por minutos. Nunca comprenderá que la luz no suele vencer a la oscuridad. Nunca. Sin embargo ella, perseverante como pocas, sigue dispuesta  encender una hoguera en un pozo. Y no parará hasta que lo consiga. Así que ha aprovechado este día que tanto se parece a ella para sacar las primeras chispas.

Como todo el mundo sabe, Hachi adora cocinar. Lo hace porque en sus ratos libres, ejerce de madre y ama de casa de todo el mundo. De todo el mundo, incluso de los que ya tienen madre y ama de casa. Es su verdadera vocación, y le parece insultante que bajo la excusa de estar en el siglo XXI nadie sea capaz de entenderlo, pero no se queja. No de eso porque sabe que tiene las de perder. Tampoco nadie se lo ha recriminado, nunca se quejan de las comidas ricas, de las sabanas limpias y planchadas, de la limpieza deslumbrante de sus casas. Se quejan de su escándalo, de que sea tan llorona, y a veces de su exceso de feminidad. Le echan en cara lo de su corazón maltratado y sus idas y venidas, y vueltas a ir, y vueltas a venir para llamar a las casas ajenas a las tantas de la mañana. Se quejan pero luego les encanta que sea así. Eso ella no lo sabe, pero el resto sí.
Durante mucho tiempo intentó buscar algo que, en fin, se le diera medianamente bien, y lo único que obtuvo fue una lista de fracasos que en cualquier otro caso – en un caso en que estuviésemos hablando de una estrella, la luna, o un satélite de Saturno, no de un sol como Hachi – le hubiese hundido en la miseria. Pero ella no se rindió. Buscó y al final aceptó  - y es triste este final, mucho más triste que cualquier historia de amor congelado – que para lo único que servía era para cuidar a su familia. Era una mujer machista, su naturaleza lo indicaba así: que sólo valía para cocinar, limpiar y parir. Sólo para eso. Por supuesto no lo había dicho nunca en voz alta. ¿Cómo lo iba a decir siendo consciente de todos los argumentos que pondrían en contra? Siempre esperó que fuera ellos los que se dieran cuenta. Pero su horóscopo dice que eso no entra en su futuro.
La mayoría de la gente se ríe de ella cuando dice que cree en el horóscopo, pero es que resulta que es lo único que le queda en lo que creer. No puede creer en hombres, que todos le han traicionado en algún momento. No puede creer – al menos no del todo – en el amor, porque cada vez que se acurruca a llorar en su cama, sabe que algo va a ir mal otra vez. No puede creer en amistad, porque Junko ya no es Junko, ahora es Junko y Kyosuke. Y Nana es Nana y los Blast. Y ella no está en ninguno de esos equipos. Así que está sola una vez más, regalando su amor a personas que no lo saben apreciar. Y no se queja, porque en el fondo ya se ha resignado a perseguir sueños estelares.

Hachi – que en el fondo, no es nada tonta – es plenamente consciente de que es una mujer chapada a la antigua. Es una mujer a la que le gusta cocinar, limpiar y cuidar de los suyos. Una mujer a la que le gusta demasiado los mangas romanticones para adolescentes a los 20 años, una mujer que llora viendo cualquier película de amor, es una mujer que siempre lleva falda y zapatos de tacón, aunque sea para andar por casa, que se pone rulos para dormir, que espera encontrar a su príncipe azul a la vuelta de la esquina. Es una mujer que no quiere triunfar ni cobrar más que los hombres, que quiere esperar a su marido con  la comida sobre la mesa y un camisón sexy por la noche en la cama. Es una mujer que no pide nada para ella, a excepción de un suculenta cuenta bancaria. Ya no quiere nada más, porque la vida le ha enseñado que a veces el amor no basta. No es una mujer moderna pero no le importa no serlo. Así que bajo esa premisa no le importa mirar el calendario que hay colgado entre la foto de Nana en un concierto y el marco de la puerta, y sonreír ante todos los días siete rodeado con un círculo rojo. El 7 siempre ha sido un número mágico, y lo sabe aunque no le guste. Porque como buena supersticiosa que es, es consciente de que el 7 trae mal fario. Lo sabe por experiencia propia, al fin y al cabo su nombre (y el de su compañera de piso) significa 7. Y vive en el piso 707. Y hoy es 7 de enero de… dos mil ocho. Y sabe que este es su año. Tiene que serlo, porque sino se va a morir de un momento a otro como las cosas le sigan saliendo mal. ¡El Gran Rey no la va a odiar siempre!
En el fondo Hachi piensa que siendo buena madre como será, el Rey Demonio se apiadará de ella y no le hará daño en el futuro. Que le dará esa estabilidad y los caprichos que busca. Será feliz, se dice, siendo una maruja enganchada a una telenovela. No pedirá más que seguridad y que la mientan – como siempre – diciéndole que la quieren. A veces se odia por ser tan egoísta.


Con cuidado de no quemarse saca el pastel del horno. Sonríe ante el círculo perfecto que describe en la bandeja. Todo es perfecto : el tono que ha tomado el chocolate, la madurez de las frambuesas, los botones de cacao que esparce por la superficie, el color de la nata con la que dibuja formas y escribe bien grande: ¡Feliz día 7! Mientras se mancha la punta de la nariz con un poco de azúcar glass. Parece, en esos momentos, que su mundo no está a punto de venirse abajo y ella no va a destrozar su corazón, ni Takumi destrozará su vida, ni Nobu se quedará solo, ni Nana desparecerá de su vida. Es un momento único, y casi final, y aunque no sabe de las catástrofes del futuro intuye que es especial. Y se siente estúpidamente feliz por eso. Qué cosa más tonta.
Tiene mano para la cocina y lo sabe. Como nunca le ha salido nada especialmente bien, se siente genial haciendo esto. Calculando las cantidades justas – 500 gr. de chocolate, 1 kg. de harina… - , bañando el pastel, - que no queda nada sin cubrir -  metiéndolo en el horno, - 200 grados -  y entonces, 14 minutos a la nevera, - ni uno más, ni uno menos, recuerda - luego presentarlo bonito sobre una bandeja plateada, y esperar tranquilamente a que llegue Nana, aunque no tiene muchas esperanzas de que venga. Últimamente anda demasiado perdida. Y aunque Hachi quiere pensar que anda perdida con Ren, sabe que no es cierto. Que Nana está perdida en ella misma desde hace demasiado tiempo.
Sin embargo esta vez sí que viene, antes de tiempo incluso. Va con la falda corta vaquera y su inseparable chupa de cuero. Entra fumando, como siempre, y le sonríe desde el quicio de la puerta. Hachi, que ya conoce la jugada, sabe lo que viene ahora, el falsete grave para imitar la voz de un hombre, la pose de macho con andares que tienen que resultar incómodos para cualquier persona normal y un beso en la mejilla. “Ya estoy en casa, cariño”. Luego sonreirá y mientras se cambia de ropa para ponerse la camisola blanca desgastada preguntará que has hecho hoy de comer, Hachi. Y ella, que ha pasado toda la mañana sola, pensando demasiado en sí misma, informará rápida y servicial. Contenta y alegre de tener a alguien a quien querer.

Cuando se repite una vez más la escena han pasado los catorce minutos de rigor y lo saca fuera de la nevera. Vigila que Nana no salga de pronto del baño y descubra la sorpresa. Porque es una sorpresa, por supuesto. Sabe que a Nana nunca la quisieron como se merecía y se ve obligada a cuidar de ella. Quiere quererla y mimarla como si fuera (que es) una niña abandonada en medio de la guerra. Llenar ese vacío. 


- Oye, ¿Hachi que es lo que huele tan bien?

La voz de Nana se oye ahogada tras al puerta de baño y Hachi ríe, bajito pero seguro, sabiendo de antemano que esa iba  ser la pregunta.

- ¡Es una sorpresa!

No tarda ni dos minutos más en salir del baño, guiándose más por el olfato que por la vista. Aún lleva el pelo mojado y un albornoz alrededor de su cuerpo y Hachi no puede hacer otra cosa más que admirar su belleza. Está guapa así, sin maquillar, chorreando y empapando el suelo que luego van a tener que limpiar, brilla con el pelo húmedo pegándose a su cara, y sabe que esa sonrisa tan pura y tan limpia, sin reflejos de un dolor que el pasado se encargó de cincelar en su alma, está reservada únicamente para ella. Para la Hachi llena de harina, con el mandil arrugado y un par de mechones rebeldes que se han empañado en hacerle cosquillas en la punta de la nariz. Hachi también sonríe y le indica con un gesto vago de la mano, como restándole importancia, el pastel que ahora ha adornado con un par hojas de hierbabuena. Y Nana, que a veces piensa con el estómago, se acerca con cautela, secándose el cabello con una toalla y mirando con curiosidad la tarta.

- ¿Feliz día Nana?

Las carcajadas de Hachi se oyen por todo el edificio y se tapa la boca, no vayan a intentar echarlas otra vez por escandalosas.

- Feliz día 7, Nana. Feliz día 7.
- Ah.

Aunque Nana no lo entienda del todo, por eso de que en el fondo ella, como todos los BLAST, han tenido una vida rota y sesgada hasta el final de su adolescencia, Hachi sabe que eso es que le gusta. Ha aprendido a descifrar monosílabos y a entender las emociones a través del tic en las cejas.

- Y además – habla mientras se acerca al fogón y prepara dos tazas de chocolate caliente y coge un cuchillo del cajón – seguro que hay alguien el mundo que hoy día 7 de enero de 2008 cumple años. ¡Vamos a celebrar el cumpleaños de ese desconocido! 
- ¿Y si es un asesino?
- ¡Seguro que es una persona estupenda, Nana! ¡Ha nacido un día 7! ¡El primer 7 del año! Seguro que es una persona…adorable. Una chica. Europea, porque los europeos son gente cool. Una chica… ¡inteligente! ¡y guapa! ¡una chica increíble, Nana! Una chica que cree en las hadas y..

Nana no puede hacer otra cosa más que sonreír mientras se sienta enfrente de Hachi que sigue hablando de la chica maravillosa. Le recuerda a ese primer momento en que se conocieron en el tren: la sonrisa franca, sincera, el mundo a sus pies en ese entonces. Y quiere pensar que este año les está dando una nueva oportunidad para remendar los errores. Aún así prefiere mostrarse fría, antes de que a su amiga le de por fantasear y se lo contagie a ella.

- Me da que has visto demasiadas películas.
- Tonterías – dice y levanta la taza de porcelana barata sin dejar de sonreír – seguro que hay alguien así.
- Entonces brindemos por el cumpleaños de un desconocido.

Sigue haciendo frío y sol tras los cristales del apartamento, en donde dos Nanas toman su séptima porción de pastel celebrando el cumpleaños de alguien cuyo cumpleaños es el día 7 de enero de 2008.
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dosmilnana [Dec. 29th, 2007|01:44 pm]
Si me pongo a pensar, no recuerdo apenas cosas de este año. De enero recuerdo, fíjate tú que cosas más tontas, que no me despegaba de mi iPod. Pero no recuerdo nada más. No hay nada, sólo vacío. De enero... de enero recuerdo que dio paso a un febrero para olvidar. Nunca desaparecerá este febrero. Nunca. O quizás sí... pero fue. Fue horrible. Por aquel entonces me rompieron el corazón, por aquel entonces se rompió la familia, por aquél entonces se rompieron amistades. Fue un mes roto, desgajado. Y marzo también es un borrón. Supongo que me estaba recuperando del mes anterior.  En cuanto a abril fue maravilloso. Abril, como tú, tenía el corazón de perfil. Abril, cosa, abril. Nuestro abril. Mayo y junio, bueno, mayo y junio fueron estrés, tal y como lo serán hasta que termine mis días de estudiante. Mayo fue Italia, junio... prometía. Tenía que prometer. Así que me quedé esperando julio. Un julio maravilloso. Me pregunto si se volverá a repetir. J u l i o. Qué bien suena otra vez. Y agosto fue desesperante hasta que a finales alguien volvió de amsterdam y me trajo las sonirsas que el calor estival me había robado. Ah.. el mercado negro de la vieja Europa. Septiembre a toda velocidad. Octubre en tres días. Tres días, ¿te acuerdas? Cómo os echo de menos. Y noviembre estresante, demasaidos exámenes. Y ahora un diciembre de más decepción que otra cosa. Pero enero va  ser genial. Ya lo veréis. Voy a empezar el año como siempre he querido. El año con ella. El año juntas. Nunca pensé que la amistad significara tanto. Pero es ella. Somos dos. Nosotras dos.



Feliz 2008 (dosmilhachi)
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Navidad [Dec. 26th, 2007|07:52 pm]
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Es esperar siempre un final Amélie. Un final el que Nino te venga a buscar, y a limpiar las lágrimas con besos justos en lugares estratégicos. Es esperar a que venga un príncipe azul, de esos que no existen. Y te quire, no para una noche, sino para toda la vida. Es idealizar amantes y condensar momentos en tu cabeza. Cosas que nunca pasaron. Es bailar aunque no te apetezca, aunque no sea tu mundo, y no sabes muy bien qué haces aquí. Pero es aquí y es ahora. Y si no aporvecho este instante voy a pasar un mal rato y... en fin, si tengo la opción de hacerlo bien, ¿por qué joderlo? Es prepararte con parsimonia para una fista, probar ciento dos clases de peinados, pasarte un rato pensando qué vas a ponerte, y sonreír con todos los dientes, con esa sonrisa que no es tuya, pero que tampoco es de ellos, al resto del mundo. Es sentirte bien, y es centrarte en controlar cada instante porque ya sabes que el dolor es peor cuando piensas en nada. Y luego darle un sorbo a cosas que jamás pensasnte que existieran, porque joder ¿qué mierda le faltaba ponerle a eso? Y escupirlo porque sabía fatal. ¿Vodka, ron, naranja, limón y cola? ¿en qué mierdas estabais pensando? Y reírte, aunque no te aperzca del todo gracioso. Es ser fuerte. porque Héctor estaba más guapo que nunca y quería liarse conmigo. Así de claro. Y yo, que le vi, y le rechace a pesar de su bufanda de rayas de colores, su chaqueta marrón, sus sonrisa sincera, su feliz nadvidad... "pues le dices a Héctor, contesté, con una sabor a venganza que me abrasaba la garganta, que no he bebido suficientemente vino" Es ser digna, ante todo. Y sonreír, pese a lo que te digan. Es pensar que esa noche brillas, y saber que al día siguiente te vas arrepentir de todo - como ahora - pero que tu momento fue eso y lo disfrutaste. Y sigues pensando qué mierdas hice mal y qué mierdas pudiste malinterpretar, y si 2008 va a ser mejor. Es llegar la tarde Nochebuena, repasar tu sonrisa una vez más, tus labios pintados porque así puedes ver otra vez esa mirada de orgullo en los ojos verdes de tu madre, el pelo recogido, pasos de modelo rota y el mundo a nuestros pies. Es sonreír frente al resto de la familia aunque ninguno de ellos tenga ganas de ello, aguantar el tipo, creeerte tu propia mentira, porque todo va a salir bien. ¿Qué? ¿Bien? ¡¿Bien?! ¿Bien es que tu madre ni mire tus regalos por tu estúpido comentario desafortunado? ¿Bien es limpiar las lágrimas de champán de tu abuela, aguantar el desprecio de tu abuelo? ¿Bien levantarse en navidad a las 8 de la mañana, y ordenar tu habitación y tu casa para que luego, al final, tu padre te grite y te recrimine por haber ido a ayudar a tu abuelo a acostase? ¿que trmines llorando mientras friegas los platos? ¿Que termines cominedo turrón mientras piennas pateticamente y una vez más que morirás sola? ¿Es bien? Eso no es bien Es la parte amarga de la navidad. Hay otra, más calida y callada que sólo yo disfruto: servir la comida a mis pirmos, sonreír para hacer (me) feliz,  cantar villancicos, muy bajito que se rompe la ilusion de sbaerse conocedora de unas notas claves, y tirarme con mis primos al final de la comida, en la cama, diciendo cualquier chorrada mientras miramos al techo. Como cuando éramos pequeños y no queríamos ver lo que ocurría a nuestra alrededor. Y es, finalmente, esperar a Enero. Esperar, esperar, esperar. Y enero es nuestro. Nadie me lo puede quitar, nadie nos lo puede quitar. Es nuestro. Sólo nuestro.



Ahora cuéntame tu navidad.






Que no entiendes que un corazón no es para siempre, y a veces tienes que devolverlo.
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Merry Christmas [Dec. 22nd, 2007|12:20 pm]
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